jueves, 2 de octubre de 2014 | Por: Pedro López Ávila

Asociaciones de padres maltratados



Que nues­tra so­cie­dad es­tá en­fer­ma es al­go que no ne­ce­si­ta de­ma­sia­das ar­gu­men­ta­cio­nes pa­ra jus­ti­fi­car­lo; que nues­tras cos­tum­bres es­tán lle­gan­do a un gra­do de re­la­ja­ción pro­fun­da­men­te per­ver­so y mal­va­do, tam­po­co es pre­ci­so que re­cu­rra­mos a los me­dios de co­mu­ni­ca­ción pa­ra co­no­cer­lo; que la au­to­ri­dad del maes­tro o de los pro­ge­ni­to­res ca­da vez ejer­ce me­nos efi­ca­cia en los ni­ños, tam­po­co es ne­ce­sa­rio que nos lo cuen­ten los pe­da­go­gos, los psi­có­lo­gos o el ve­cino con el ha­ce­mos puer­ta.

Pien­so que la ma­yo­ría de nues­tros vi­cios for­man par­te con­sus­tan­cial de no­so­tros mis­mos des­de nues­tra más tier­na in­fan­cia, cuan­do los pa­dres jus­ti­fi­ca­mos con­duc­tas ma­lea­das, res­tán­do­les im­por­tan­cia en aras a la de­bi­li­dad de la edad li­ge­ra del su­je­to.

He vis­to a mul­ti­tud de ni­ños des­de que ini­cian sus pri­me­ros pa­sos, le­van­tar­le la mano a las ma­dres y a los pa­dres, gol­pear­les, es­cu­pir­les e in­sul­tar­los; in­clu­so, mon­tar en ple­na vía pú­bli­ca (ti­ra­dos en el sue­lo), «sin po­der­los le­van­tar», unas pa­ja­rra­cas que son au­tén­ti­cas se­mi­llas que ger­mi­na­rán con el pa­so del tiem­po en raí­ces de cruel­dad so­bre sus as­cen­dien­tes, con­vir­tién­do­se así en los pe­que­ños ti­ra­nos de la ca­sa.

Con el pa­so por la es­cue­la in­ten­tan re­pro­du­cir esas feas in­cli­na­cio­nes con los com­pa­ñe­ros y a ve­ces lo in­ten­tan tam­bién con los mis­mos edu­ca­do­res, pe­ro cuan­do son re­pren­di­dos por es­tos, vuel­ven llo­ran­do a ca­sa con to­nos tan las­ti­me­ros que, en su afán pro­tec­tor, aque­llos mis­mos pa­dres tan per­mi­si­vos en su edu­ca­ción, se ar­man de va­lor y bra­vu­co­ne­ría pa­ra des­agra­viar a sus hi­ji­tos. En­ton­ces, las que la lían en el cen­tro es­co­lar son es­tos ofen­di­dos pro­ge­ni­to­res con­tra los maes­tros, lle­gan­do aque­llos en oca­sio­nes a agre­dir fí­si­ca o ver­bal­men­te a los que in­ten­tan en­de­re­zar com­por­ta­mien­tos aso­cia­les.

Lue­go pa­sa lo que pa­sa, que es­tas for­mas de vi­da ca­da día van ir­guién­do­se en ma­nos de la cos­tum­bre y co­bran­do una fuer­za ma­yor de lo que pa­re­ce, a tal ex­tre­mo que es­ta­mos asis­tien­do, sin dar­le ma­yor im­por­tan­cia, a la crea­ción de aso­cia­cio­nes de pa­dres mal­tra­ta­dos por los hi­jos.

¿Exis­ti­rá al­go más en con­tra de la pro­pia na­tu­ra­le­za que (ya des­de la pu­ber­tad y la ado­les­cen­cia) los hi­jos apa­leen vio­len­ta­men­te a sus pa­dres y ten­gan que ser aten­di­dos en los hos­pi­ta­les por la tun­da de gol­pes que re­ci­bie­ron de aque­llos? Es­te sis­te­ma mo­ral, al que es­ta­mos asis­tien­do im­pa­si­ble­men­te en nues­tra épo­ca, pa­re­ce que no va con no­so­tros. Ca­da vez so­mos más in­sen­si­bles al in­fierno al que son so­me­ti­dos mu­chos pa­dres lle­nos de ho­rror y de es­pan­to an­te la sim­ple pre­sen­cia de sus hi­jos.

Aho­ra se ha­bla mu­cho de va­lo­res, ca­si nun­ca de mo­ral. Pa­re­ce co­mo si la mo­ral lle­va­ra ad­he­ri­da con­no­ta­cio­nes re­li­gio­sas preo­cu­pan­tes y, con­se­cuen­te­men­te, en un es­ta­do lai­co es har­to más mo­derno re­cha­zar el tér­mino; si bien, en su sen­ti­do eti­mo­ló­gi­co de­be re­cor­dar­se que mo­ral pro­vie­ne del la­tín ‘mos mo­ris’, que sig­ni­fi­ca cos­tum­bre.

Pues bien, na­cen de la cos­tum­bre las le­yes de la con­cien­cia, que en­ten­de­mos ema­nan de la na­tu­ra­le­za. Por es­to siem­pre se ha sen­ti­do ve­ne­ra­ción por las ideas y cos­tum­bres re­ci­bi­das y apro­ba­das de los an­te­pa­sa­dos de nues­tro al­re­de­dor y na­die has­ta aho­ra pa­re­cía que po­dría des­pren­der­se de ellas sin sen­tir re­mor­di­mien­tos.

Hoy no exis­ten re­mor­di­mien­tos que val­gan: la ca­sa se ha con­ver­ti­do en un vi­ve­ro de desave­nen­cias y de re­pro­ches. Por el pue­ril he­cho de ser sim­ple­men­te jó­ve­nes, los zan­go­lo­ti­nos se han adue­ña­do de la es­truc­tu­ra je­rár­qui­ca fa­mi­liar des­de eda­des ca­da vez más tem­pra­nas; des­de la ado­les­cen­cia tie­nen el in­sa­cia­ble afán de ha­cer­se los más lis­tos de la ca­sa, me­dian­te cen­su­ras y ex­tra­va­gan­cias que su­mi­sa­men­te aca­tan sus pro­ge­ni­to­res, aun­que aún los si­gan sus­ten­tan­do. Vo­ci­fe­ran y des­pre­cian a sus ma­yo­res; los cri­ti­can, los juz­gan y los fus­ti­gan con enor­me se­ve­ri­dad; rom­pen las nor­mas, se im­po­nen con enor­me vio­len­cia ver­bal o fí­si­ca y so­lo fin­gen va­lo­rar­los y res­pe­tar­los, cuan­do sa­ben que pue­den ob­te­ner al­gún pro­ve­cho, por pro­vi­sio­nal que sea.

En re­su­mi­das cuen­tas, es­ta­mos asis­tien­do a una épo­ca pe­no­sa de nues­tra ci­vi­li­za­ción, cu­ya ca­suís­ti­ca es har­to com­ple­ja y de di­fí­cil so­lu­ción. He­mos pa­sa­do de la va­ra, cu­yos efec­tos han ge­ne­ra­do al­mas co­bar­des y pro­fun­da­men­te obs­ti­na­das, a edu­car en la abun­dan­cia, en la fle­xi­bi­li­dad más ab­so­lu­ta y en la ocio­si­dad, sin nin­gún ti­po de res­pon­sa­bi­li­da­des.

Las de­nun­cias por ve­ja­cio­nes ma­los tra­tos y pa­li­zas que su­fren pa­dres y ma­dres de ma­nos de los hi­jos se ex­tien­de co­mo una epi­de­mia ma­lig­na que ago­bian al sen­ti­mien­to; las or­de­nes de ale­ja­mien­tos dic­ta­das por los jue­ces a los hi­jos de la ca­sa fa­mi­liar ca­da vez son más fre­cuen­tes. La ver­güen­za so­cial de te­ner que de­nun­ciar al hi­jo su­po­ne ya la ex­tre­ma so­lu­ción al pá­ni­co, al ho­rror y a la bar­ba­rie, pe­ro pa­ra al­can­zar tal ex­tre­mo es ne­ce­sa­rio ha­ber pa­sa­do un au­tén­ti­co cal­va­rio en las ga­rras del si­len­cio.

Sin em­bar­go, las prin­ci­pa­les víc­ti­mas de esos sal­va­jes son las ma­dres (las que les han da­do la vi­da), el ob­je­ti­vo de­lez­na­ble, el blan­co per­fec­to, con­tra quie­nes es­tos mons­truos des­car­gan sus iras y sus más ba­jos ins­tin­tos, lle­gan­do in­clu­so a ase­si­nar­las, ac­to al que de­be­ría­mos con­si­de­rar co­mo el más hu­mi­llan­te, in­fa­me, ruin y an­ti­na­tu­ral que nos pue­de ofre­cer el ser hu­mano.
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4 comentarios:

Anónimo dijo...

El indefenso siempre es el menor: desde su concepción (aborto), pasando por su infancia y adolescencia (vejado y apaleado).

¿Cuántos menores mueren a manos de sus padres y cuántos al contrario?

¿No será que un día el chaval despierta ante tanta injusticia?

Un poco más de seriedad.

Anónimo dijo...

Hola,

Soy una estudiante de Pedagogía que está realizando un proyecto sobre violencia intrafamiliar, concretamente violencia filio parental.

Estoy buscando la colaboración de padres y madres que hayan pasado o estén pasando actualmente por esta situación.

La finalidad del trabajo es académica, por lo que en todo momento se respetaría la confidencialidad y el anonimato.

Si hay algún interesado/a, por favor que contacte conmigo a través de este correo

pedagogia.alba@gmail.com

Muchísimas gracias!

Anónimo dijo...

Totalmente de acuerdo, muchos niños y niñas son maltratados, abusados sexualmente en su infancia. Cuando tienen uso de razón se vuelven contra sus maltratadores. Mi padre cuando eramos niñas nis obligada a comer heces, éramos desantendidas y maltratadas. Cuando tuve 15 años le llame hijoputa, ni tan siquiera le llamaba papa. Encima decia..mis hijas son una porqueria, no valen nada, nadie las va a querer, putas, gandulas e inútiles. Se inventaba q maltratabamos a mi madre, cuando era el el que nos maltrataba y a mi madre. Hay gente que no merece tener hijos.

Anónimo dijo...

A estas alturas del 2017 a nadie se le escapa que hay muchos hijos criados con amor y sin ninguna escasez afectiva o económica que maltratan psicologicamente y/o fisicamente a sus padres.Incluso algunos continúan haciéndolo el resto de sus vidas (independizados ya de sus padres). Incapaces de asumir las frustraciones lógicas de la vida, intentan perpetuar su dominio sobre ti, con toda crueldad y sin empatía. Hay `padres que no nos merecemos hijos así...